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I señor, vos le diste a mi hermano un ford falcon rojo para llegar a la casa de la niebla y después qué le dijiste? le explicaste que el camino estaba cortado? ¿que el motor estaba roto? ¿que todo estaba roto? ¿que no había vuelta? ¿qué hiciste, cómo para convencerlo? para que te diera la mano se sentara en la sillita de mentira dejara que la oscura hostia de tu nombre le llegara a la boca ¿o le metiste una piedra? o una moneda, un gancho, un papelito de dónde lo enmudeciste, lo hiciste olvidar olvidarnos qué señas le habrás hecho para que en vez de volver a casa apagara el motor del falcon se escurriera de la sedosa perfección del cuero de la música en la radio del ronroneo cachondo del auto y se bajara con vos para ir adónde ¿a cazar pajaritos? ¿a ver el dorado pasto extinguirse tras el fuego del invierno? ¿a romper el cristal del agua para que beban las crías? o era verano, quizá por entonces y le diste el agua peligrosa de tu cielo entra...
Hace algún tiempo fuimos todas las películas de amor mundiales todos los árboles del infierno. Viajábamos en trenes que unían nuestros cuerpos a la velocidad del deseo. Como siempre, la lluvia caía en todas partes. Hoy nos encontramos en la calle. Ella estaba con su marido y su hijo; éramos el gran anacronismo del amor, la parte pendiente de un montaje absurdo. Parece una ley: todo lo que se pudre forma una familia. Fabián Casas

para decir adiós

Amado y más Me resulta tremenda, dolorosamente difícil, después de todo lo que tú bien sabes, de tantos años y recuerdos y rincones, decirte algo que, en fin, apenas logro a veces balbucear a solas, cuando la noche se hace confidente, pero de golpe la luz me ciega, amor, y regreso al silencio, que es mi mejor compañero de baile, por eso se me hace tan, cómo explicarte, los labios se me llenan de ceniza, como cuando has fumado demasiado y la garganta se te encoge, sé que tú me abrazarías, que me convencerías nuevamente de que todo es posible, hasta nosotros, ¿por dónde comenzar, entonces, esta carta que dicta mi temblor? Largo de aquí. No tuya, Ana por Andrés Neuman

Cuando las vacaciones se hayan terminado de una vez

Va a ser extraño darnos cuenta al fin de que esto no podía continuar para siempre, la voz confiada que nos repetía una y otra vez que nada iba a cambiar, y recordar, también, puesto que para entonces todo habrá terminado, lo que teníamos, la forma en que perdíamos el tiempo como si no quedara otra cosa que hacer, cuando, en un fogonazo, cambió el clima y el aire altivo se volvió de pronto insoportablemente denso, soplaba un viento mudo, y las ciudades parecían de ceniza, y saber, además, lo que no sospechábamos, que era algo parecido al verano más augusto, excepto que las noches eran más templadas, y que las nubes daban la impresión de brillar, y aun así, porque no habremos cambiado demasiado, preguntarnos qué habrá de ocurrir con las cosas, y quién va a quedar para hacer todo de nuevo, e intentar de algún modo, aunque aún no podamos, descubrir qué fue lo que salió tan mal, o la razón de que estemos muriéndonos. Mark Strand

smile

Más que nada me gusta verte sonreír.
Humedecí mis pies en la bordadura de pastos que crecen a lo largo y al azar, entre los montes deambulé como perdida avanzando de a círculos entre los claros y de a brazadas en el bosque todos los árboles eran el mismo y los arbustos y sus espinas y los fragmentos de cielo como esquirlas que ardían mi piel habituada a estar a oscuras. Desandé mi memoria para saber qué había salido mal, en qué momento torcí el trayecto y el sendero se volvió maleza y las malvas yuyo arisco de entrepiedra. Tal vez fuera que ofendí al enemigo a su dios o a ambos y una maldición me sigue desde entonces o estoy pagando el error que fueron arrastrando las generaciones como un tumor latente entre los genes y recordé de a tramos el sonido de un rio después vi el rio, su caudal abundante derramarse la cañada donde pudimos acampar a cielo abierto una boca de labios secos y partidos por el frio o el sol, una alameda a su sombra la zona del descanso donde dormimos quizá fuera el amor quizá su mal el punto de in...

El bar de la estación de Valentín Alsina

Paisaje de desván de cosas inconclusas y ya viejas arrumbadas sin orden. La luz dorada de la tarde de verano lo vuelve bello como una mano muerta. El andén silencioso sin los trenes. Tu Citroen estacionado afuera. Si esto fuera una película francesa vendríamos huyendo de algo. Nos sentamos en el bar casi desierto por donde el tiempo hace veintiséis años que no pasa. Las paredes son de un verde espeso, como en un óleo y los espejos parecen aguas estancadas. En el silencio antiguo, el tiempo se ahonda y reconozco, en los bananeros iluminados por el sol al otro lado de las vías de maniobras, un lugar de mi infancia. La puerta del bar enmarca ese fragmento de otro tiempo que aquí, al sur de todo, se ha conservado intacto. Allá está la cortina de tiras de hule de cuyas estrías guardo un recuerdo táctil. Aquellas cortinas venían multicolores y hacían "flap, flap, flap" cuando se las atravesaba a gran velocidad y baja altura siendo niños, sin una imagen que...