Ir al contenido principal

Entradas

La helada

Quien fue dañado lleva consigo ese daño, como si su tarea fuera propagarlo, hacerlo impactar sobre aquel que se acerque demasiado. Somos inocentes ante esto, como es inocente una helada cuando devasta la cosecha: estaba en ella su frío, su necesidad de caer, había esperado -formándose lentamente en el cielo, en el centro de un silencio que no podemos concebir- su tiempo de brillar, de desplegarse. ¿Cómo soportarías vivir con semejante peso sin ansiar la descarga, aunque en ese rapto destroces la tierra, las casas, las vidas que se sostienen, apacibles, en el trabajo de mantener el mundo a salvo, durante largas estaciones en las que el tiempo se divide entre los meses de siembra y los de zafra? Pido por esa fuerza que resiste la catástrofe y rehace lo que fue lastimado todas las veces que sea necesario, y también por el daño que no puede evitarse, porque lo que nos damos los unos a los otros, aún el terror o la tristeza, viene del mismo deseo: curar y ser curados. ...
Que nos trague la tierra. Pero que no nos trague todavía. Que todavía se mueva, rumbo al oficio y a la posesión. Y que vea algunos lugares antiguos, otros inéditos. Que sienta frío, calor, cansancio; se detenga un momento; continúe. Que descubra en su movimiento fuerzas desconocidas, contactos. El placer de estirarse; o de enrollarse, quedar inerte. Placer del equilibrio, placer del vuelo. Placer de escuchar música; sobre papel dejar que se deslice la mano. Irreductible placer de los ojos; ciertos colores; cómo se deshacen, cómo se adhieren; ciertos objetos, diferentes bajo una nueva luz. Que todavía sienta el olor de la fruta, de la tierra en la lluvia, que agarre, que imagine y grabe, que recuerde. Tiempo de conocer a algunas personas más, de aprender cómo viven, de ayudarlas. De ver pasar este cuento: el viento sacudiendo la hoja; la sombra del árbol, parada un instante, alargándose con el sol, y deshaciéndose en una sombra mayor, de ruta sin tr...
 “Rara” –dice Quignard– llamaba Spinoza a esa primavera tras lo domesticado –a esa “debacle”. Otro pasaje de La barca silenciosa recuerda que “libertad”, eleutheria, era una palabra que un griego antiguo oía ante todo como la posibilidad de ir a donde se quiera, como la posibilidad de errar y de aventurarse en lo desconocido. Hay en la experiencia de la libertad un anhelo remoto o un eco antiguo de animal salvaje (soli-vagus: que erra en soledad), una memoria de errancia salvaje, de origen incierto, que arrastra fuera del lugar, de lo familiar, de lo interpretado, y acaso del lenguaje. Libertad, así, es ante todo exposición a la fortuna –y por tanto al error, al infortunio, al despojo y la desposesión. Libertad es abandonar la casa y perderlo todo para volver a la selva."

La vida y la poesía,

 Culpo a los libros y culpo la aparente realidad de las películas y culpo a los músicos y culpo a los poemas que dicen con palabras: éste es el mundo y culpo a la memoria cuentacuentos que siempre jala agua a su molino y culpo a las anécdotas y a todo lo que tiene alguna forma, algún sentido planteamiento y nudo y desenlace y cierta perspectiva protagónica y villanos y grandezas decididas y soundtracks y formato de pantalla y luces adecuadas y las miras de planos bien trazados y bien nítidos que sugieren que todo lo que pasa por algo pasa (hacia adelante y hacia atrás) y que cada momento que vivimos es un lúcido momento narrativo planeado por un hábil dramaturgo que no ha dejado nada a la fortuna y escoge con destreza sus palabras y benévolo comparte nuestro afán de que todo lo que hagamos y nos pase tenga algún significado y le subyazca una Idea y esté fraguando un clímax ostentoso en el que algo elevadísimo se exprese y que mirados desde fuera tendríamos fascinado a nuestro...

abril parece hostil

Creo que la navegación sobre un texto afecta porque ya no se lee completo, sino que se lo sobrevuela con cierta ansiedad, para terminar rápido. Nadie baja a las profundidades de ciertos libros porque ahí, a veces, hay un silencio atroz y no hay oxígeno. Pero justo ahí, donde está el peligro, a veces está la salvación. Fabián Casas 
Quiero creer en la forma que varía como la única manera de hacer que algo perdure. Si fuera religiosa le rezaría al agua. Pediría que hiciera con mi vida ese milagro que hace con sus gotas. Que quisiera amoldarme al suceder continuo sin juzgar qué voy perdiendo. Sería diosa mía la catarata heroica que rugiendo se transforma en hilito transparente cuando anda por las rocas. O el hervor en la nieve convertido, sin lamentar ni la pasión que mengua ni la llama extinguida. No es la causa del agua, sino el cauce que arrastra, lo divino. Tanto quisiera aprender de su confianza, de la intuición sin ojos, como el río. Paula Jiménez España