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Tarde de domingo

El domingo está desierto. La calle se alarga sin finalidad precisa. Detrás de las paredes la vida parece haber agotado su última oportunidad. Llamo al azar en algunas puertas y nadie acude. La población entera ha abandonado el planeta en automóvil. La historia ha concluído aquí. Las empresas humanas han hecho el ridículo. ¿A quién llamar por teléfono? ¿Por quién morir? ¿A quién apelar con esta mentira? Si este simulacro durara demasiado, recordaría que una vez tuve un destino y hasta un entusiasmo y que la razón de estar vivo estaba en los otros. Y no quiero imaginar mi pánico si buscando la prueba absoluta de este mundo vacío encendiera la radio portátil y me respondiera el silencio universal. Si la llegada del hombre había sido un producto casual su partida es una fuga que me excluye para que deambule como un muerto que sabe que está muerto en un domingo infinito. J. Giannuzzi

LXIII

Vemos las cosas que conocemos. Las cosas que no conocemos no las vemos. A las cosas que conocemos las llamamos por un nombre. Un nombre que sabemos pero no le dimos nosotros. Alguien, antes de que nosotros existamos fue capaz de verlas. Y después de verlas, nombrarlas, hacerlas cosas. Hay personas con este don. De ver y conocer. No somos de estas personas. Por eso todas las cosas que vemos ya las conocemos. El fin Giuliana Kiersz

no veré desolación donde solo hay soledad

Si supieras

que el río no es de agua y no trae barcos ni maderos, sólo pequeñas algas crecidas en el pecho de hombres dormidos.  Si supieras que ese río corre y que es como nosotros, o como todo lo que tarde o temprano tiene que hundirse en la tierra. Tú no sabes, pero yo alguna vez lo he visto hace parte de las cosas que cuando se están yendo parece que se quedan. Andrea Cote

La molienda

Estoy sola como el mundo. Soy plana como el mundo. Lo único que quiero es provocar un estado de tensión en el que las cosas se rompan y no haya ruido. Funciono como las plantas, si aspiro demasiado me ahogo. En Méjico me contaron de una mujer a medida que molía el maíz, su brazo iba desapareciendo. Soy como esa mujer que se muele a sí misma. me escribo y desaparezco. Nurit Kasztelan

LVI

Todos los días  amanezco a ciegas a trabajar para vivir; y tomo el desayuno, sin probar ni gota de él, todas las mañanas. Sin saber si he logrado, o más nunca, algo que brinca del sabor o es sólo corazón y que ya vuelto, lamentará hasta dónde esto es lo menos.       El niño crecería ahito de felicidad                                        oh albas, ante el pesar de los padres de no poder dejarnos de arrancar de sus sueños de amor a este mundo; ante ellos que, como Dios, de tanto amor se comprendieron hasta creadores y nos quisieron hasta hacernos daño.       Flecos de invisible trama, dientes que huronean desde la neutra emoción,               ...