Volví a encontrarlo muchos años después en un evento que organizaba la empresa en la cual trabajaba. Era un hombre, vestido de traje y corbata. La vida le había deparado un destino muy distinto del que yo hubiese imaginado. Era el vicepresidente de una multinacional muy importante y vivía en un barrio privado. El tiempo nos había cambiado, no lo noté en sus palabras siempre cordiales, sino en su sonrisa. Diez años atrás, hubiésemos escapado apresurados de allí para pasear por las librerías de Av. Corrientes y comer pizza en “Los Inmortales”. Pero ya no, ya no quedaban vestigios del joven desordenado e irresponsable. Podría asegurar que desde que nos despedimos aquella tarde de noviembre en el café La Puerto Rico, él no regresó jamás a robar libros usados ni entró ebrio al cine. Ahora lo llamaban Doctor y conducía un auto último modelo. Me invitó a tomar un café “alguno de estos días” dijo, y me entregó su tarjeta para que lo llamara. Luego sonó su celular y se disculpó por no poder quedarse más tiempo, caminaba hacia la salida cuando se detuvo para decirme “Es bueno verte”. Sonreí.
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