Leía el 18 Brumario de Luis Bonaparte, y, como quizás a tantos otros, me hizo reflexionar sobre las siguientes cuestiones: ¿cuántas máscaras somos capaces de tener?, ¿cuántos disfraces usamos en un mismo día?, ¿hasta dónde es posible conocer a alguien? No hablo de decir la verdad y ser honestos -porque incluso disfrazados es posible- sino de las actitudes, de la manera en que nos representamos a nosotros mismos según la situación en la que nos encontremos, no somos los mismos con nuestra familia, con nuestros amigos, con los compañeros de algún trabajo o un curso cualquiera, aunque la esencia sea la misma, siempre seleccionamos qué mostrar y ocultamos el resto, no porque sea necesariamente malo, sino porque reaccionamos de distinta manera según el entorno. No sé qué es exactamente lo que nos hace cambiar, si la capacidad mayor o menor que tiene cada uno de adaptarse al medio, o el grado de confianza y comodidad que el medio nos genere, o bien el miedo al rechazo, al ridículo, o qué. No lo sé, quizás no tenga sentido nada de esto y debería dejar de perder el tiempo.
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