Fue ahí, sola en el micro y en la ventanilla la ciudad de noche: el río iluminado, algunas estrellas en el cielo (siempre me gustó un poco la oscuridad), luces dispersas y fragmentadas, la voz que me cantaba al oído que hacía mucho tiempo que no me veía sonreír, y que tenía que arriesgar mi miedo, y que tenía que arriesgar mi tiempo, y que en un año, un año, o algo más, todo esto iba a desaparecer en el mar, y me vi durante todo el último tiempo, y me dije que tenía razón, que no podía ser que siguiera así, que en algún momento tengo que empezar a creer en mí misma.
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