Siempre que paso por ese tramo de Rivadavia entre Puán y Emilio Mitre me gusta mirar ese balcón, por el que se ve una biblioteca, y apenas el borde de un sillón: todo luce tan cálido, tan lindo. A veces también me gusta imaginarnos ahí, pensar cómo sería compartir el tiempo, la vida,
en fin
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