Fue ahí, sola en el micro y en la ventanilla la ciudad de noche: el río iluminado, algunas estrellas en el cielo (siempre me gustó un poco la oscuridad), luces dispersas y fragmentadas, la voz que me cantaba al oído que hacía mucho tiempo que no me veía sonreír, y que tenía que arriesgar mi miedo, y que tenía que arriesgar mi tiempo, y que en un año, un año, o algo más, todo esto iba a desaparecer en el mar, y me vi durante todo el último tiempo, y me dije que tenía razón, que no podía ser que siguiera así, que en algún momento tengo que empezar a creer en mí misma.
El aroma a fritura que contagia mi habitación, la cerveza que compartimos, tu pelo rapado. En eso pienso ahora que me duele un poco la cabeza y seguro es por las doce horas que dormí después de una semana de dormir cinco horas todos los días. Soñé con el francés de ojos celestes que me decía que la mayor parte de los días se quería, se gustaba mucho, pero justo ese día no, soñé con mi amigo que está enamorado de él, soñé que el francés le decía que cómo podía pensar que él era gay. Me acordé de Les amours imaginaires y el triángulo amoroso. Una situación que se repite, las conductas que hacen que nos demos la cabeza contra la pared una y otra vez. Pensé en esta confusión que me agarra cuando recostados sobre el sillón me tomás del brazo y me decís que me voy a aburrir de vos si nos vemos tan seguido. En verte después de tu clase y regalarte un libro y despedirte con un abrazo. En mi psicóloga que dice que entro en las situaciones y después me voy. En las ganas que tengo a veces de dej...
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