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Último poema

La mañana del día
en que morís, cierro los ojos
y trato de rezar en lugar de dormir.
Pero mi cuerpo flota lentamente,
como seguro el tuyo por la medicación.
Voy a parar al mar
y vos estás conmigo. El agua
nos arrastra por ahí,
muy lejos y nos lleva hasta la costa,
la arena una sorpresa
apenas tibia.

Si todo fuera un sueño,
podríamos pescar
en este agua salada,
y mirar para arriba y sólo ver
los pájaros de blanco,
después el cielo azul,
luego otra vez los pájaros.
Veríamos la luna inofensiva,
una aguaviva que,
como la muerte,
ya no pica.

Hasta acá llega el sueño.
Hasta acá el rezo.
La sombra ya se acerca,
poco a poco,
el filo que no deja nada sin cortar.
Se te escurre la mano de la mía.
Tu único ojo abierto,
que antes no paraba de mirar,
ahora empieza a cerrarse.

“Despertate”, me gustaría
decirte. “¿Para qué tanto apuro?”.
Pospongamos el viaje.
Que otra gente se lleve
el camión de la mudanza, los pasajes,
el vaso que te roza ahora los labios.
Yo nunca te besé,
salvo en la frente.
“Ay, Dios”.
Llegó la muerte,
está en la habitación.
Y no voy a mirar. Y no pienso mirar.
Y al final miro.

Jesse Lee Kercheval
Trad. Ezequiel Zaidenwerg

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